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    Contar un país desde el otro lado del puente

    Periodistas salvadoreños, tozudos, hacen dobles o triples empleos para poder seguir publicando

    16 de septiembre de 2026 - 23:42
    Ese gen periodístico se transmitió de generación en generación hasta las jefaturas y mandos medios del ecosistema independiente que hoy se resiste a morir pese al recorte de fondos y pese a Bukele.
    Ese gen periodístico se transmitió de generación en generación hasta las jefaturas y mandos medios del ecosistema independiente que hoy se resiste a morir pese al recorte de fondos y pese a Bukele.
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    Por Daniel Valencia Caravantes*

    “Me tiene sin cuidado que me llamen dictador…”.

    La noche en la que el presidente inconstitucional de El Salvador pronunció esa frase, el periodista supo que tenía que abandonar el país.

    Y no fue el único.

    Minutos después, luego de que Nayib Bukele terminara un discurso en el que atacó a la prensa, una fuente le hizo llegar otro mensaje:

    —¿Ya se fue? Le dije que los tienen en la mira.

    Hacía dos semanas que había salido de casa cuando recibió aquella nueva advertencia. El tiempo se había agotado.

    Al llegar a la frontera se imaginó lo peor, sobre todo porque en el último año y medio había participado en coberturas que incomodaron a funcionarios y sobre las atrocidades que ocurren en las cárceles del régimen: salvadoreños que mueren de hambre, con la piel en los huesos, enterrados en fosas comunes, sin identidad, desaparecidos del radar de sus familias, a quienes el Estado nunca les confirmó dónde los tenía presos, nunca les dijo que se habían muerto bajo su custodia.

    El periodista perdió la paz. Hasta entonces, para él, la paz era un collage con tres imágenes: la primera, la de un niño que, en guinda, huye junto a su madre, tomados de la mano, de la balacera entre soldados y guerrilleros que se escuchaba cuadras atrás, donde antes estaba su pasaje y la casa en la que vivían. La segunda es la de varias familias de refugiados que comparten una olla de frijoles en una casa recién construida, todavía con olor a cemento fresco. La casa en la que viviría hasta los 21 años. La tercera es la de la firma de la paz, en enero de 1992, cuando entendió que aquellos hombres que en la tele se estrechaban la mano y aplaudían habían puesto fin, por fin, a la guerra.

    El día que decidió irse al exilio descubrió que su nuevo concepto de paz sería la imagen de un puente colgante, con las palabras El Salvador a sus espaldas.

    Puente
    Medio centenar de periodistas huyeron de El Salvador entre abril y julio de 2025 por las persecuciones del régimen de Bukele.

    ***

    Aquella no había sido su primera guinda por cuestiones laborales. Pero, por su seguridad, solo diremos que años atrás ya había tenido que refugiarse temporalmente a raíz de una investigación sobre agentes del Estado.

    Esta vez, sin embargo, supo que sería diferente. Un punto de quiebre. Lo supo un martes por la noche, a las carreras, poco después de que el régimen de Bukele capturara a la defensora de derechos humanos Ruth López.

    A López la sacaron de su casa con engaños y la acusaron de un delito que, a juicio de expertos, no tiene ni pies ni cabeza. Su proceso ha transcurrido sin garantías y es denunciado por su familia, sus defensores y organizaciones de derechos humanos. López era, si no la principal, una de las voces principales contra el régimen inconstitucional de Bukele.

    “Si la han agarrado a ella, el resto estamos jodidos”, le dijo a un familiar.

    En aquellos días, otra fuente le hizo saber un mensaje que no quería recibir: le dijo que ya estaba todo perdido, que la captura de López y la inminente aprobación de la Ley de Agentes Extranjeros eran el inicio de una cacería contra voces incómodas y contra periodistas.

    La ley habilitó una amplia intervención estatal sobre las operaciones de organizaciones de la sociedad civil, medios y personas naturales que reciben fondos extranjeros, además de imponer un impuesto del 30 % sobre esos recursos. También faculta a la Fiscalía para investigarlos y eso, en un país donde la Fiscalía está al servicio de Bukele, se siente como una doble amenaza, sobre todo después de que, en febrero de 2025, Bukele acusara sin pruebas a periodistas y medios independientes de formar parte de una red internacional de lavado de dinero.

    El periodista entró en negación. Pero más tarde otra fuente le dijo por primera vez aquello que nadie quisiera escuchar:

    —Tienen que armar maletas… Tienen que irse del país… Los tienen en la mira.

    Lo que ocurrió después todavía duele: informar a la familia que quizá había que dejarlo todo, “primero Dios de manera temporal”, que “ya habrá tiempo para volver”. Luego buscar dónde refugiarse internamente, un lugar desconocido, cambiar rutinas, para que nadie pudiera seguir sus pasos. Porque, dice, no es fácil tomar la decisión de lanzarse al vacío sin un paracaídas.

    Aquel mayo fue un mayo aciago. Hacía cuatro meses que no percibía un salario. Su medio, como buena parte de los medios independientes de la región, había sido golpeado por el recorte de fondos a la cooperación ordenado por la administración Trump. De la noche a la mañana, en Centroamérica, decenas de medios cerraron programas, se quedaron sin fondos, despidieron empleados o ralentizaron publicaciones.

    Y, sin embargo, muchos periodistas, tozudos, siguieron investigando, viviendo de ahorros, haciendo dobles o triples empleos para poder garantizar una publicación. Otra periodista, también golpeada por los recortes y obligada después a salir del país por las amenazas, dimensiona qué significó cortarlo todo de tajo.

    “Fue un golpe para mi proyecto de vida personal, que tenía como objetivo principal acompañar a mi madre en su vejez. Separarme de mi familia ha sido sumamente doloroso, pues son fundamentales en mi vida”, dice.

    Guatemala
    Guatemala fue un primer país de refugio para periodistas y defensores de derechos humanos. Al comienzo el miedo a ser perseguidos incluso en el extranjero era fuerte. El periodista aquí muestra un mecanismo de precaución que le permitía conciliar el sueño.

    Ella, al igual que el periodista, al igual que muchos otros, sigue investigando. Y esa tozudez tiene una explicación de origen. En El Salvador de la posguerra floreció, a la par de otras expresiones culturales, una cultura periodística cimentada por generaciones maravilladas por las oportunidades que trajo la paz: el disenso, el diálogo, el cese de las represiones del pasado.

    Ese gen periodístico se transmitió de generación en generación hasta las jefaturas y mandos medios del ecosistema independiente que hoy se resiste a morir pese al recorte de fondos y pese a Bukele. Es una prensa que investigó la corrupción de Arena, auscultó los gobiernos del FMLN y que, desde temprano, comenzó también a investigar al nuevo poder.

    La respuesta del bukelismo fue una escalada sostenida contra esa prensa. Desde sus primeros meses, Bukele construyó un discurso que presentó a periodistas y medios independientes como adversarios; restringió accesos a conferencias y entrevistas, debilitó el acceso a información pública y, paralelamente, el Estado levantó su propio aparato de medios y propaganda. En 2020, durante la pandemia, crecieron además las presiones y auditorías fiscales contra periodistas y medios.

    Luego, en 2021, apareció por primera vez una Ley de Agentes Extranjeros que podía asfixiar financieramente a organizaciones y medios que recibían apoyos de la cooperación internacional. Aquella iniciativa no avanzó entonces por presiones de la misma comunidad internacional interesada en la democracia del país.

    Pero en mayo de 2025 el contexto era otro. El recorte de la cooperación ordenado por la administración Trump ya había golpeado brutalmente al ecosistema. En medio de esa fragilidad llegó la captura de Ruth López y, dos días después, la aprobación de la Ley de Agentes Extranjeros, con un impuesto del 30 % sobre los fondos recibidos del exterior. “La Ley de Agentes Extranjeros es una condena de muerte por asfixia al periodismo y a las organizaciones que no se doblegan al discurso oficial ni al oficialismo”, ha dicho Sergio Arauz, presidente de la Asociación de Periodistas de El Salvador. 

    Para el periodista, para la periodista, para muchos, el mensaje era claro. Para entonces, ni sus medios ni ellos tenían recursos para buscar un boleto, un refugio, para volar o partir por tierra hacia otro país, lejos del bukelato.

    “Y esa precisión importa”, dice el periodista.

    A diferencia de otros casos en la región, los periodistas salvadoreños venían de ser golpeados por el recorte de los fondos de ayuda. Estaban en coma cuando llegaron las amenazas, el amedrentamiento y la persecución.

    Quienes salieron al exilio salieron prácticamente sin nada. Sin empleo, sin ingresos, sin futuro. Periodistas exiliados sin poder ejercer.

    “Nuestro exilio no es igual a otros exilios ocurridos en la región”, dice el periodista. “A nosotros, a la gran mayoría de periodistas salvadoreños, nos tocó salir sin nada, apenas con maletas y un poco de ropa y sin futuro. No es lo mismo pensar en reportear a tu país desde fuera, con un proyecto, con trabajo fijo, que mirar a tu país sabiendo que ahora enfrentas dos realidades: sobrevivir en un país ajeno y ver cómo sostener a aquellos que dejaste atrás”.

    La Red Latinoamericana de Periodistas en el Exilio (RELPEX) entendió rápido esa realidad. La RELPEX surgió seis meses antes del golpe a los periodistas salvadoreños y ahora la integran un universo de 500 periodistas de América Latina golpeados por persecuciones autoritarias. Con el nuevo éxodo salvadoreño, su apoyo fue clave. Gracias a esa red el periodista pudo salir, cruzar un puente, reescribir su concepto de paz. Escucharon su caso, vieron su urgencia y le apoyaron a él y a parte de su equipo para tener asegurado, al menos, un periodo prudencial en un país seguro. Un tiempo clave para tocar más puertas, conseguir más apoyos.

    Allá, en ese otro país, descubrió a qué sabe el exilio. Sus trampas, sus desconsuelos.

    Y descubrió también algo que desde fuera puede resultar difícil de comprender: salir al exilio no significa estar preparado para contar el exilio.

    Sobre todo cuando a muchos los unía la desesperanza, la tristeza y la incertidumbre. Era el drama de haberlo dejado todo, una vida, familias incluidas. Y en ese drama también había mucho miedo. Miedo a un país ajeno. Extraño. Miedo a autoridades que pudieran estar coludidas con el régimen de Bukele. Paranoia de que pudieran ubicarlos, perseguirlos, enviarlos de regreso. Había demasiado miedo para decir: “me fui, estoy exiliado”, cuando eso podía ser perjudicial para las familias que se habían quedado atrás.

    Pasó un tiempo antes de que el periodista pudiera declararse exiliado, por su propia boca. Y pasó todavía más antes de aceptar una entrevista para contar su historia. Lo hizo cuando ya se sentía más fuerte, cuando la soledad comenzaba a convertirse en costumbre, cuando recién habían regresado las fuerzas para hablar, para contar su experiencia, para decir esta boca es mía.

    —¿Quisieras volver? —le preguntaron.

    Asintió con la cabeza, porque no le salían las palabras. En su mente estaba su familia, el abrazo de sus hijos, de sus padres, las risas de sus amigos, los domingos con pupusas, el queso duro blandito, los encuentros con los de la mesa en el bar de siempre, la complicidad con los colegas que se quedaron y seguían intentándolo, pese a todo.

    —Sí. Quiero volver. Más temprano que tarde vamos a volver —respondió.

    Periodistas
    Muchos periodistas han dejado a sus núcleos familiares y han atravesado rupturas y duelos en un proceso que los obliga a aprender a vivir en soledad.

    Epílogo

    El periodista y la periodista siguen ejerciendo, pese al exilio, pese a la ausencia de un salario y pese a las condiciones de refugio o semiclandestinidad. Se han integrado a una alianza de periodistas salvadoreños en la que comparten datos, conocimiento, reportería y edición para poder seguir publicando.

    Pero no es fácil. Según datos de RELPEX, menos de la mitad de los periodistas en el exilio continúa trabajando dentro de una redacción.

    El periodista ya ha pensado en dejarlo todo. Pero siempre que está listo para dar ese salto, la tozudez lo detiene. “Siempre he sido un convencido de esto: frente a la delgada línea que separa a los oprimidos de los opresores, el periodismo tiene claro dónde clava sus banderas. No podemos parar. Cueste lo que cueste”, dice.

    La periodista también sabe que la posibilidad de replantearse otra vida está presente, pero tampoco desiste. Ella sigue “creyendo que el periodismo puede cambiar realidades” o, como mínimo, “documentar lo que está ocurriendo y tomar relevancia histórica”.

    Siguen, pues.

    En manada.

    *Periodista salvadoreño. Dirige la Redacción Regional  y la Alianza Periodística Intermedios (API). 

     

     

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